- Valeria Da Silva, experta en integración cuerpo–mente femenina, defiende una mirada más flexible: “La ciclicidad debe ser un mapa, no un manual de instrucciones”
- La tendencia de adaptar trabajo, ejercicio y alimentación a las distintas fases del ciclo menstrual gana popularidad, pero también genera dudas sobre hasta qué punto estas recomendaciones tienen respaldo científico
Madrid, 24 de agosto de 2026. — El cycle syncing, la tendencia que propone adaptar determinados hábitos de vida a las distintas fases del ciclo menstrual, ha ganado una enorme popularidad en redes sociales. Desde ajustar el tipo de ejercicio o la alimentación hasta organizar el trabajo en función del momento del ciclo, cada vez son más las recomendaciones que invitan a las mujeres a estructurar su día a día siguiendo sus cambios hormonales.
Sin embargo, esta tendencia también ha abierto un debate sobre los límites de estas prácticas. Algunas de las afirmaciones más contundentes vinculadas a la llamada “productividad cíclica” —como recomendar determinadas tareas profesionales en función de la fase menstrual— no cuentan con evidencia científica sólida. Un metaanálisis publicado en 2025 en la revista científica Plos One, que revisó 102 estudios y casi 4.000 participantes, no encontró evidencia sistemática y robusta de cambios en el rendimiento cognitivo a lo largo del ciclo menstrual.
Para Valeria Da Silva, experta en integración cuerpo–mente femenina, el problema no está en prestar atención al ciclo, sino en convertir ese conocimiento en una nueva serie de normas sobre cómo debería comportarse una mujer. “La ciclicidad puede aportar información, pero no debería convertirse en otra exigencia”, indica.
Desde su perspectiva, observar el ciclo puede aportar información sobre la propia experiencia. La clave no es seguir reglas asociadas a cada fase, sino aprender a reconocer los propios patrones y desarrollar criterio interno para decidir qué necesita cada mujer en cada momento. “No todas las mujeres experimentan los mismos cambios ni todas responden de la misma manera en cada fase”, explica.
Por eso, Da Silva propone cambiar la pregunta. En lugar de buscar respuestas cerradas sobre qué debería hacer una mujer durante la fase folicular, la ovulación o la fase lútea, invita a observar la experiencia propia: “¿Qué puedo aprender observando cómo cambia mi propio cuerpo a lo largo del tiempo?”
Para ella, conocer la ciclicidad no significa asumir que cada emoción, cambio de energía o variación en el rendimiento tiene necesariamente una explicación hormonal, ni tampoco que exista un calendario universal que determine cuándo es mejor trabajar, descansar, tomar decisiones o mantener determinadas conversaciones. Aunque algunas mujeres pueden experimentar síntomas que afectan a su percepción del bienestar o de su productividad en determinados momentos del ciclo, esto no equivale a afirmar que exista un patrón universal de capacidades cognitivas asociado a cada fase.
Según Da Silva, convertir el ciclo en un sistema rígido puede acabar generando precisamente el efecto contrario al que busca el cycle syncing: más presión y menos libertad. “No necesitamos convertir el ciclo en un nuevo jefe que nos diga cuándo trabajar, cuándo descansar o cuándo tomar decisiones”, afirma.
La experta considera que la verdadera utilidad de conocer la ciclicidad aparece cuando esta información permite a cada mujer identificar sus propios patrones y desarrollar criterio interno: la capacidad de reconocer lo que ocurre en su cuerpo y utilizar esa información para orientarse y tomar decisiones. Se trata de observar qué ocurre en el propio cuerpo, reconocer tendencias y utilizar ese conocimiento como una herramienta para tomar decisiones, no como una obligación que cumplir.
En este sentido, el cycle syncing puede entenderse desde una perspectiva menos normativa y más personal: no como un manual que establece lo que una mujer debe hacer en cada fase, sino como una oportunidad para prestar atención al propio cuerpo y comprenderlo mejor.
“La ciclicidad debe ser un mapa, no un manual de instrucciones, porque, en última instancia, conocer el mapa no significa tener que seguirlo siempre. Significa aprender a orientarnos mejor”, concluye Valeria Da Silva.
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